El caso es que, a los pocos minutos, Pinocho saltó de la cama, ya curado; porque hay que saber que los muñecos de madera tienen el privilegio de enfermarse raramente y de curarse muy pronto.
Y el Hada, al verlo correr y brincar por la habitación, ágil y alegre como un gallito joven, le dijo:
—Entonces la medicina te ha hecho bien, ¿no es cierto?
—¡Más que bien! ¡Me ha devuelto al mundo!...
—¿Entonces por qué te has hecho rogar tanto para beberla?
—¡Lo que ocurre es que nosotros, los niños, somos así! Tenemos más miedo del remedio que de la enfermedad.
—¡Debería darles vergüenza!... Los niños deberían saber que un buen remedio tomado a tiempo puede salvarlos de una grave enfermedad e incluso de la muerte…
—¡Oh! ¡Pero la próxima vez no me haré rogar! Me acordaré de esos conejos negros, con ese ataúd en los hombros… y entonces tomaré enseguida el vaso y ¡adentro!...


